Una tarde, mientras todos atendían el listening y apuntaban en sus cuadernos los datos del exercise 3, Dialogue B, yo memorizaba con preocupación el Can I go to the toilets?, que sabiamente nos enseñó el profesor el primer día de clases, supongo que la experiencia le demostró que a sus novatos alumnos nos sería más útil que el Hello, How are you? Así pues, cumplí con repetirla con la misma disciplina que un loro, y salí disparada.
En el baño, ya aliviada de haber vaciado mi pobre vejiga, aproveche la soledad frente al espejo para sacarme esa espinilla chinche que me había salido en la nariz y luego, mientras caminaba por el pasadizo, me detuve ante los afiches del Británico que nunca podía leer con tranquilidad ya sea porque siempre entraba con las justas o porque salía apretujada por una multitud de estudiantes que me llevaba al paradero. Como eran cerca de las seis de la tarde, me quedé unos minutos viendo las pinceladas de nubes negras que manchaban el cielo naranja del verano... y así, luego de todo ese merecido hueveo, volví a clase. Entre con cuidadito para no interrumpir, me senté y vi que mi profesor era ahora una mujer con falda de florecitas, que la chibola que estaba sentada a mi lado era un calvito de lentes, que en la pizarra había un párrafo en el idioma anglosajón que no podía descifrar, y lo peor: que todos me miraban con curiosidad y burla... había regresado al aula equivocada, con una sonrisa cuadrada, trate de disculparme y explicarlo torpemente en inglés, ¿pero quién con Básico I puede hacerlo? sólo me quedó retirarme entre las risitas de los presentes.
2
Las noches más bonitas de verano, son las de luna llena, eso lo sabe todo el mundo. El cielo despejado te permite iniciar el clásico juego de contar estrellas descubriendo infinitamente una tras otra, el satélite femenino nos hipnotiza con un brillo que no hiere nuestra mirada y, los edificios, jardines y aceras se tiñen de un singular color acero que contrasta con el ámbar de los postes. Bajo ese escenario nocturno salí a buscar algo de comer, mientras caminaba sin apuro disfrutando secretamente de esta fugaz mística, observé conmovida cómo un pequeño caracol, yendo de un jardín a otro, cruzaba la vereda con la lentitud característica de su especie. Me detuve pensado que la aparición de este pequeño amigo era lo que le faltaba a este escenario hasta el momento inmóvil. Así que, en un acto de singular respeto, bordeé al diminuto transeúnte y continué mi rumbo. Como siempre, por la gran demanda tuve que esperar largo rato para poder disfrutar de los anticuchos de la clásica “tía choncholí” (aquella que hay en cada barrio que se jacte de ser criollo y que curiosamente también cuenta cierto número de vecinos intoxicados). Feliz de haber llenado mi estómago, retorné a casa esta vez andando a paso “Gallo Claudio”. Pero la alegría no me duró mucho cuando sentí bajo mis pies el crujir de algo parecido a un huevo (yo diría de tamaño codorniz). Mi frustración fue profunda –hasta hoy que escribo estas líneas-, cuando con tristeza descubrí que había acabado con la vida de mi efímero amigo, el caracol. El muy imbécil no había podido terminar de cruzar la vereda a tiempo antes de volverse a encontrar con mis zapatillas.
3
Tenemos que hablar, ¿acaso no es la peor frase que puede salir de los labios de tu enamorado? Sobre todo si tomas en cuenta que el fulano ya no te llama tan seguido, que te mira aburrido, que se “olvidó” del último cumplemés, y que parece haber dejado de lado tu condición real de princesa que él mismo te otorgó cariñosamente.
Hummm… ok, ¿me buscas después de clases?, simulando estar tranquila, ya pues te veo a las siete entonces, ok, chau, chau.
Más señales: me saluda con besito en la mejilla, da la vuelta sin esperarme, camina con las manos en los bolsillos (para evitar que andemos de manitas). Yo lo sigo como yendo al matadero, pero en un acto cariñoso, acelero el paso, lo tomo del brazo y levanto la mirada como el gatito de Shrek… no dice nada. Trato de acariciarle el cabello, pero él permanece inmóvil y hace un gesto como si un mosquito lo hubiera fastidiado. Sin nada más que hacer me siento en la banca que él parece haber elegido al estacionarse junto a ella.
No sé si te has dado cuenta que lo nuestro ya no es lo mismo… y de pronto comprendo, ¡¡vi la luz!! ¡¡por fin entiendo!!! que el que inventó aquella famosa metáfora de “romper el corazón” no pudo describir mejor ni de la manera más perfecta y dolorosa lo que estoy sintiendo en mi pecho. No, Mar, no llores, es lo mejor ¿sabes?... ¿llorando yo? Y me doy cuenta que efectivamente tengo minúsculas cosquillas en mi barbilla por las gotas que caen de mi cara a mis manos. Me abraza y siento un suspiro sobre mi frente, yo apenas me empino y le doy un beso urgente que para mi gran felicidad es correspondido. Mi enamorado se despidió enternecido y mientras yo lo veía hacerse diminuto en la vereda, pienso en el gran alivio que se siente el poder tomar el impulso para llegar al lugar seguro luego de haber colgado eternos minutos, cuando ya se han desatado todos los dedos. Pero eso ya pasó y después de haber estado tan cerca de perderlo, empiezo a hacer mil planes para ambos. Con los años que me quedan, los voy a dedicar a ti, hacerte tan feliz que te enamores más de mí, cantaba yo al unísono de Gloria Stefan. Los días pasaron, todos iguales, sin la presencia de mi novio, hoy no me ha llamado... Hoy tampoco. No me responde el celular. Ni los mails. ¡Alo! ¿Qué pasó? ¿Por qué no me has respondido? Mar, pero hemos terminado... dejémonos de ver un tiempo.
En conclusión
No había Friends, ni felinos en Animal Planet, ni una buena película en HBO, en consecuencia fui a dar con Discovery, había un gringo hablando sobre sus experiencias en su travesía por el espacio, interrumpen imágenes de los equipos, fotografías en sepia e interviene la voz de un locutor en inglés y luego de otro en español. Al final le preguntan a uno de los protagonistas del documental cómo fue su adaptación a la tierra, creí que había leído mal, ¿no habrán querido decir, su adaptación al espacio?, pero el gringo calvo responde que luego de haber estado meses sin gravedad y con disciplinadas rutinas, se siente en efecto de otro mundo… que se levanta de la cama y le pesa el cuerpo, que –como si estuviera aún en la nave- camina sujetándose de las paredes cual niño que aprende a caminar, que a veces se le ocurre dar un pequeño salto creyendo que así va a volar hacia el otro extremo de la habitación, y por último que cuando termina de beber, ha soltado su copa en el aire un par de veces creyendo que va a flotar… ante eso, expresa el calvo con pinta de bonachón, sólo me queda decirle a la gente es que yo fui astronauta, algunos ya lo saben, otro no me creen, y suelta una breve risa.
Yo Marilia, lo confieso: nunca fui astronauta, sin embargo creo que he estado en la luna.
Sucedió que no me fijé en el número de aula para saber a cual entraba, que no se me ocurrió ayudar al señor caracol a cruzar rápido la vereda y salvarlo del peligro, que ese beso no era de reconciliación sino de despedida... tal vez por eso, respondo para confusión de quienes se sorprenden de mis anecdóticas experiencias… “es que yo fui astronauta”.






